
Mark acusó el golpe.
– Lo sé -dijo-. Lo que no entiendes es que no hay defensa posible. La ropa necesaria para proteger al cuerpo del Sarin es hermética y muy gruesa. En combate se la puede usar durante una hora, a lo sumo dos. Últimamente los soldados ni siquiera se ponen las máscaras de gas porque les molestan. Con esos mamelucos de cuerpo entero no podrían tomar una playa bien defendida.
– Entonces, ¿qué hacemos? Bajamos la frente, nos damos por vencidos y esperamos la invasión alemana?
– No. Si es verdad que Sarin es un gas alemán, Hitler todavía no lo ha usado. Tal vez no lo haga. Lo que digo es que yo no seré el hombre que posibilitó el Armagedón. Que se lo pidan a otro.
David parpadeó varias veces. Trataba de mirar su reloj.
– Oye -dijo-, creo que volveré a Deenethorpe esta noche.
Mark extendió el brazo sobre la mesa y tomó el de su hermano.
– No lo hagas, David. Hice mal en hablar de esto.
– No, no es eso. Estoy… estoy harto de toda esta mierda. De ver que los tipos que conozco no vuelven de los bombardeos. Hace dos meses decidí que no iba a tener más amigos, Mac. No vale la pena.
