Soy piloto, no filósofo. Pero te diré una cosa. Cuando Eisenhower lance su invasión y nuestros muchachos desembarquen en las playas de Francia, las cosas se van a poner feas. Muy feas. Chicos más jóvenes que yo van a atacar nidos de ametralladoras fortificados. Casamatas de hormigón. Van a caer como moscas. Ahora me dices que tal vez los esperen con esta mierda de Sarin. Si tú eres el tipo capaz de impedir que Hitler lo use o inventar algo que nos defienda de él, o siquiera darnos los medios para devolver el golpe… No te será fácil convencer a los muchachos de que no hay que hacer nada. Te llamarían traidor.

Mark acusó el golpe.

– Lo sé -dijo-. Lo que no entiendes es que no hay defensa posible. La ropa necesaria para proteger al cuerpo del Sarin es hermética y muy gruesa. En combate se la puede usar durante una hora, a lo sumo dos. Últimamente los soldados ni siquiera se ponen las máscaras de gas porque les molestan. Con esos mamelucos de cuerpo entero no podrían tomar una playa bien defendida.

– Entonces, ¿qué hacemos? Bajamos la frente, nos damos por vencidos y esperamos la invasión alemana?

– No. Si es verdad que Sarin es un gas alemán, Hitler todavía no lo ha usado. Tal vez no lo haga. Lo que digo es que yo no seré el hombre que posibilitó el Armagedón. Que se lo pidan a otro.

David parpadeó varias veces. Trataba de mirar su reloj.

– Oye -dijo-, creo que volveré a Deenethorpe esta noche.

Mark extendió el brazo sobre la mesa y tomó el de su hermano.

– No lo hagas, David. Hice mal en hablar de esto.

– No, no es eso. Estoy… estoy harto de toda esta mierda. De ver que los tipos que conozco no vuelven de los bombardeos. Hace dos meses decidí que no iba a tener más amigos, Mac. No vale la pena.



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