– ¡Era ciego, qué mierda!

– No -rebatió David con vehemencia-. Había sufrido daños oculares, pero era capaz de ver cuando se lo proponía.

Mark apartó la vista, pero no replicó.

– Y su cara estaba deformada, pero no tenía por qué ocultarla. Cuando yo era chico pensaba que hacía bien en esconderse. Pero no era así. La gente se habría acostumbrado a las cicatrices.

Mark cerró los ojos, pero la imagen en su mente se volvió más nítida. Vio a un hombre decrépito tendido sobre un sofá. Buena parte de su cara y su cuello estaban mutilados por los venenos abrasadores que habían bañado la mitad de su cuerpo y penetrado en sus pulmones. En su infancia Mark había visto a su madre colocar algodones sobre los ojos de ese hombre para restañar las lágrimas que fluían incontrolables de las membranas lesionadas. Una vez que aquél se dormía, la madre se retiraba a la cocina a llorar en silencio.

– Mamá nunca se acostumbró -murmuró.

– Así es -dijo David-. Pero el problema no era la cara. Nunca pudo asumir sus heridas interiores. ¿Me oyes? Papá era un héroe de guerra condecorado. Hubiera podido pasearse con la cabeza bien alta. Pero no lo hizo. ¿Sabes por qué, doctor McConnell? Porque vivía amargado. Era como tú. Quería llevar el peso del mundo sobre sus hombros. El día que me enrolé en la Fuerza Aérea, amenazó con desheredarme. Y ya estaba en su lecho de muerte. Pero mucho antes, te había asustado inculcado tanto miedo y asco por la mera idea de la guerra que determinó todo el rumbo de tu vida. -David se secó la frente. -Oye, no quiero decirte qué debes hacer. Si hay un genio en la familia eres tú.

– Por favor, David.

– ¡Basta de hipocresía, carajo! Tengo ocho años menos que tú, pero en el colegio todos los maestros te recordaban.



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