
Hay sitios ante los que pasas cada día, y sin embargo apenas piensas en ellos porque no esperas adentrarte en ellos nunca. Como este lugar. Todo el mundo sabe que el Gorta está lleno de basura. Yo no paraba de tropezar con cosas que los rastreadores-limpiadores habían pasado por alto: una bici oxidada, un acondicionador de aire roto, varios viejos monitores de ordenador que me miraban como ojos de zombi. Cuando yo era niño, solían sacar del río automóviles enteros, a veces con pasajeros dentro y todo. Gente real que no tenía copia de repuesto en aquella época para continuar su vida una vez destrozada.
En tiempos del abuelo, el Gorta apestaba a contaminación. Las ecoleyes devolvieron la vida al río. Ahora la gente pesca desde el embarcadero. Y los peces acuden cada vez que la ciudad arroja algo comestible.
Como yo.
La carne real es obediente. No empieza a descomponerse a las veinticuatro horas. El protoplasma es tan tenaz y duradero que incluso un cadáver ahogado tarda días en descomponerse.
Pero mi piel ya se estaba cuarteando incluso antes de caer al río. La desintegración puede retrasarse a fuerza de voluntad durante un rato, pero las cadenas orgánicas sincronizadas en mi cuerpo artificial se desintegraban y se desgajaban a desconcertante velocidad. El olor era fuerte y atraía a los oportunistas que acudían corriendo de todas partes para comer, llevándose los trozos que parecían a punto de desprenderse. Al principio traté de espantarlos con la mano que me quedaba, pero eso sólo me retrasó sin molestar mucho a los carroñeros. Así que continué avanzando, dando un respingo cada vez que un receptor de dolor recibía el mordisco de un pez ansioso.
Me harté cuando empezaron a dirigirse a los ojos. Iba a necesitar la visión todavía un rato.
En un momento dado una fuerte corriente de agua caliente llegó de repente de la izquierda, desviándome de mi rumbo. Espantó a los carroñeros un minuto y me dio la oportunidad de concentrarme.
