
«Debe de ser el canal de la calle Hahn.
»Veamos. El barco de Clara está anclado en Little Venice. Debe de ser la segunda abertura después de ésta… ¿O es la siguiente?»
Tuve que abrirme paso a la fuerza para dejar atrás el canal sin ser empujado a aguas más profundas, y de algún modo conseguí por fin llegar al embarcadero de piedra del otro lado. Por desgracia, los bancos de peces que me perseguían volvieron a congregarse en ese punto (peces desde arriba y cangrejos desde abajo), atraídos por mis heridas rezumantes, mordisqueando y pellizcando mi piel, que se deterioraba rápidamente.
Lo que siguió es borroso: un continuo avance a trompicones por el lodo, entre escombros y nubes de torturadores que mordían.
Se dice que al menos un rasgo de la personalidad se mantiene siempre que se copia un ídem de su arquetipo. No importa en qué más varíe, algo de tu naturaleza básica se transmite de un facsímil al siguiente. Una persona que es sincera o pesimista o charlatana en carne real creará un golem de cualidades similares.
Clara dice que mi característica más persistente es la tozudez. «Maldito sea quien diga que no puedo hacer esto.»
Esa frase rodaba una y otra vez por mi deteriorado cerebro, repitiéndose un millar de veces. Un millón. Gritaba cada vez que daba un doloroso paso o un pez volvía a morderme. La frase evolucionó más allá de las meras palabras. Se convirtió en mi encantamiento. Mi foco. Un mantra de tozudez destilada que me impulsaba a seguir adelante, arrastrándome, paso a paso… hasta el momento en que me encontré bloqueado por un estrecho obstáculo.
Lo contemplé un momento. Una cadena cubierta de moho que se extendía, tensa y casi vertical, desde un ancla enterrada hasta un objeto plano hecho de tablones de madera.
Un muelle flotante.
