Apoyándome en un pasamanos de madera, subí un corto tramo de escaleras que conducía a la casa flotante atracada de costado. Las luces brillaban y una vibración se hizo discernible.

Una música convulsa sonaba cerca.

Mientras mi cabeza llegaba a lo alto, capté una imagen difusa: llamas fluctuando en finas columnas blancas. Velas de adorno. Su suave luz destellaba en la cubertería y las copas de cristal. Y más allá, figuras esbeltas moviéndose junto a la amura de estribor.

Gente real. Elegantemente vestida para una cena de fiesta. Contemplaban el río.

Abrí la boca, intentando dar voz a una disculpa amable por interrumpir: ¿querría alguien por favor llamar a mi propietario antes de que mi cerebro se convirtiera en gelatina?

Lo que surgió fue un gemido ahogado.

Una mujer se volvió, me vio avanzando hacia ellos desde la oscuridad y soltó un gritito, como si yo fuera una horrible criatura no-muerta, surgida de las profundidades. Bastante exacto.

Extendí el brazo, gimiendo.

—Oh, dulce madre Gaia —su voz indicó rápidamente que comprendía—. ¡Jameson! ¿Quieres por favor telefonear a Clara Gonzales, del Catalina Baby? ¡Dile que su maldito novio ha perdido otro de sus ídems… y será mejor que venga a recogerlo pronto!

Traté de sonreír y darle las gracias, pero el plazo de expiración previsto no podía retrasarse más. Mis pseudoligamentos escogieron ese momento para disolverse, de inmediato.

Hora de hacerse pedazos.

No recuerdo nada posterior a eso, pero me han dicho que mi cabeza rodó hasta detenerse junto a la nevera donde estaba en fresco el champán. Un invitado a la cena fue lo bastante amable para meterla dentro, junto a una botella muy bonita de Dom Pérignon del 38.



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