
Y atracado a su lado había un barco, su amplia quilla cubierta de lapas. No tenía ni idea de a quién pertenecía el barco, sólo sabía que mi tiempo estaba a punto de agotarse. El río acabaría conmigo si me quedaba allí.
Usando la única mano que me quedaba, me agarré a la cadena y me esforcé por liberar ambos pies del absorbente barro, y luego continué aupándome a trompicones, alzándome de manera implacable hacia la luz chispeante.
Los peces debieron de darse cuenta de que era su última oportunidad. Atacaron, por todas partes, agarrando todos los trozos y pliegues colgantes que podían, incluso después de que mi cabeza asomara a la superficie. Alcancé con el brazo el muelle, y entonces tuve que recurrir a la memoria para saber qué hacer a continuación.
«Respira. Eso es. Necesitas aire. ¡Respira!»
Mi estremecida inhalación no se pareció a un jadeo humano. Más bien al golpe que hace un trozo de carne cuando se la lanza contra una tabla y luego se la corta, dejando que escape una bolsa de aire. Con todo, algo de oxígeno corrió a sustituir el agua que caía de mi boca sin labios. Ofreció la suficiente fuerza renovada para que pudiera pasar una pierna al muelle.
Me aupé con todas mis fuerzas, y por fin salí completamente del río, fastidiando a los carroñeros, que salpicaron decepcionados.
Los temblores sacudieron mi cuerpogolem de arriba abajo. Algo, una parte de mí, se soltó y cayó al agua con un golpe. Los peces se alegraron y se congregaron alrededor, fuera lo que fuese, y comieron ruidosamente.
Todos mis sentidos se iban apagando, momento a momento. Con desapego, advertí que me faltaba un ojo… y que el otro casi se había salido de su cuenca. Lo volví a colocar en su sitio, luego intenté levantarme.
Todo parecía torcido, desequilibrado. La mayoría de las señales que envié, exigiendo movimiento a músculos y miembros, no recibieron respuesta. Con todo, mi atormentada carcasa de algún modo consiguió levantarse, apoyándome primero en las rodillas… y luego en muñones que podían apenas considerarse piernas.
