
Me levanté de la mesa acolchada, combatiendo oleadas de confusión sensorial. Sentía raras mis piernas reales: carnosas y sustanciosas, aunque un poco distantes, ya que parecía que hacía apenas unos momentos que me apoyaba en muñones que se desmoronaban. La imagen de un tipo fornido y moreno en el espejo cercano parecía extraña. Demasiado saludable para ser real.
«El festival de rostros de ídem del lunes», pensé, inspeccionando las arrugas que se hunden gradualmente alrededor de tus ojos reales. Incluso una carga sin nada que destacar te deja desorientado mientras un día entero de recuerdos frescos se agita y busca colocarse entre noventa mil millones de neuronas, asentándose en casa en unos pocos minutos.
En comparación, la descarga parece poca cosa. La copiadora suavemente agita tu cerebro orgánico para grabar la Onda Establecida en un molde fresco hecho de barro especial, que se cuece en el horno. Pronto un nuevo ídem sale al mundo para realizar encargos mientras tú te tomas el desayuno. Ni siquiera hace falta decirle lo que tiene que hacer.
Ya lo sabe.
Eres tú.
Lástima que no haya tiempo para hacer uno ahora mismo. Los asuntos urgentes tienen prioridad.
— ¡Teléfono! —dije, apretándome las sienes con los dedos, apartando los desagradables recuerdos del viajecito por el fondo del río. Intenté concentrarme en lo que mi didtective había descubierto sobre el cubil de Beta.
—Nombre o número —dijo una suave voz desde la pared más cercana.
—Ponme con el inspector Blane de la AST. Codifica y envíalo a su emplazamiento real. Si está bloqueado, córtalo con un urgente. A Neli, mi ordenador doméstico, no le gustó esto.
