
—Son las tres de la madrugada —comentó—. El inspector Blane no está de servicio ni tiene ningún facsímil ídem en estatus activo. ¿Debo recordar la última vez que lo despertaste con un urgente? Te puso una multa por invasión de intimidad civil de quinientos…
—Que más tarde retiró, después de enfriarse. Envíalo, ¿quieres? Tengo un dolor de cabeza terrible.
Previendo mi necesidad, el armario de las medicinas ya borboteaba con organosíntesis, y dispensó un vaso lleno de un combinado efervescente que engullí mientras Nell hacía la llamada. La oí discutir con tono apagado las prioridades con el reacio ordenador doméstico de Blane. Naturalmente, esa máquina quería tomar el mensaje en vez de despertar a su jefe.
Yo ya me estaba cambiando de ropa, poniéndome un grueso mono antibalas, cuando el inspector de la Asociación de Subcontratas de Trabajo respondió en persona, adormilado y fastidiado. Le dije a Blane que cerrara el pico y se reuniera conmigo cerca del viejo edificio Teller al cabo de veinte minutos. Es decir, si quería tener una oportunidad para cerrar de una vez el caso Wammaker.
—Y será mejor que lleve un equipo de detención de primera clase —añadí—. Uno grande, si no quiere otro jaleo desagradable. Recuerde cuántos contribuyentes cursaron demandas por molestias la última vez.
Él volvió a maldecir, de manera pintoresca y repetitiva, pero yo había atraído su atención. Pude oír un claro zumbido al fondo: su horno de tamaño industrial que se calentaba para producir tres ídems clase-bruto a la vez. Blane era un bocazas, pero se movía rápidamente cuando hacía falta.
Igual que yo. Mi puerta principal se abrió obediente y la voz de Blane pasó a mi cinturón portátil, y luego a la unidad de mi coche. Para cuando se calmó lo suficiente para cortar la comunicación, yo conducía ya a través de la bruma previa al amanecer, dirigiéndome al centro.
