En cuanto empezaron los disparos, la policía blindada de la ciudad avanzó con sus duplicados de piel azul, que inflaron rápido-barricadas y anotaron las infracciones cometidas por cada bando: todo aquello que pudiera acabar en un jugoso juicio. Por lo demás, ambos bandos ignoraron a la policía. Aquello era un asunto comercial y no del Estado, siempre y cuando ninguna persona orgánica resultara herida.

Yo esperaba que continuara así, mientras me parapetaba tras un coche aparcado con realBlane mientras sus duplicados-brutos corrían de un lado a otro, azuzando a los púrpuras. Rápidos y burdos, sus ídems de creación rápida no eran unos colosos mentales, pero compartían su sentido de la urgencia. No teníamos más que unos minutos para entrar y recuperar los moldes robados antes de que Beta pudiera destruir toda prueba de su piratería.

— ¿Qué hay de las alcantarillas? —pregunté, recordando cómo mi reciente idverde se abrió paso por su interior el día anterior… una excursión tan desagradable de recordar como el viaje posterior por el fondo del río.

El ancho rostro de Blane se contorsionó detrás de un visor semitransparente que destellaba con símbolos y mapas superpuestos. (Es demasiado anticuado para ponerse implantes retinales. O tal vez le gusta el efecto chillón.)

—Tengo un robot ahí dentro —gruñó.

—Los robots pueden ser hackeados.

—Sólo si son lo bastante listos para oír nuevos datos. Éste es un zángano por cable del Departamento Sanitario. Tonto como una piedra. Está intentando meter una fibra de banda ancha por las tuberías hasta el sótano, y se dirige al cuarto de baño de Beta, testarudo como él solo. Nadie lo va a engañar, lo prometo.

Gruñí, escéptico. De todas formas, nuestro mayor problema no era escapar, sino llegar al escondite antes de que nuestras pruebas se volatilizaran.



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