Teníamos que terminar nuestro trabajo antes de que llegara aquella bestia.

Vi un envoltorio de caramelos que ensuciaba la acera, algo extraño aquí. Me lo guardé en el bolsillo. Las calles del idemburgo están normalmente inmaculadas, ya que la mayoría de los golems nunca comen ni escupen. Aunque se ven muchos más cadáveres, pudriéndose en las aceras, que cuando yo era niño.

La principal preocupación del jefe de policía era asegurarse de que ninguno de los cuerpos de hoy fuera real. La copia negra de Blane argumentaba inútilmente solicitando un permiso completo, y luego se encogió de hombros y aceptó los términos de la ciudad. Nuestras fuerzas estaban preparadas. Dos docenas de reforzadores púrpura, esbeltos y sin sexo, algunos de ellos disfrazados, se pusieron en marcha siguiendo el plan.

Miré de nuevo bulevar Alameda abajo. La silueta gigantesca había desaparecido Pero habría otras. Sería mejor que nos diéramos prisa o corríamos el riesgo de que nos pillara la hora punta.

Los mercenarios contratados de Blane, para gran alegría de éste, pillaron a los piratas desprevenidos.

Nuestras tropas burlaron sus detectores externos en furgonetas comerciales, disfrazados de ids de mantenimiento y golem-correo que hacían el reparto al amanecer, y consiguieron llegar a los escalones de entrada antes de que sus armas ocultas dispararan las alarmas.

Una docena de amarillos de Beta salieron disparando. Una melé a gran escala se produjo cuando los humanoides de barro se enzarzaron unos contra otros, perdiendo miembros en el fuego cruzado o explotando chillones en la acera cuando chorros de agujas incendiarias alcanzaban la pseudocarne, prendiendo las células catalizadoras de hidrógeno con espectaculares minibolas de fuego.



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