
Me dirigí tambaleándome hacia el río, gritando y haciendo señas a la gente para que se apartase.
Cerca del embarcadero, oí una voz severa y amplificada gritar: — ¡Alto!
Los poligolems llevan altavoces donde la mayoría de nosotros tenemos órganos sexuales sintéticos… una substitución pavorosa que llama la atención.
A mi izquierda sonaron varios impactos agudos. Una piedra golpeó mi deteriorada carne mientras otra rebotaba por la acera, resbalando hacia el policía real. Tal vez ahora los azules se concentraran en los amarillos de Beta. Cojonudo.
Entonces ya no tuve más tiempo para pensar, porque mis pies se quedaron sin superficie de apoyo. Siguieron agitándose en el vacío, por costumbre, supongo… hasta que golpeé las aguas sucias con gran estruendo.
Supongo que hay un gran problema con esto de contarles esta historia en primera persona: el oyente sabe que conseguí llegar a casa de una pieza. O al menos en algún estado que me permitió contarlo. Entonces, ¿dónde está el suspense?
Muy bien, así que no acabé allí, con la caída al río, aunque tal vez debería haberlo hecho. Algunos golems están diseñados para el combate, como los que los hobbistas envían a los campos de batalla gladiatoriales… o los modelos secretos que se rumorea que tienen en las Fuerzas Especiales. Otros ídems, fabricados para el hedonismo, sacrifican parte de su élan vital por la carga de células de placer hiperactivas y la memoria hi-fi. Se puede pagar más por un modelo con miembros de más o ultrasentidos… o que sepa nadar.
Yo soy demasiado agarrado para permitirme todas esas opciones a la moda. Pero una característica que siempre incluyo es la hiperoxigenación: mis ídems pueden contener mucho tiempo la respiración. Viene bien para un trabajo en el que nunca sabes si alguien va a gasearte, o a meterte en el maletero estanco de un coche, o a enterrarte vivo. He absorbido recuerdos de todas estas cosas. Recuerdos que no tendría hoy si el cerebro del ídem hubiera muerto demasiado pronto.
