
Impedirme que vaciara el contenido de mi cerebro en descomposición.
Debí de ser todo un espectáculo, corriendo envuelto en una túnica hecha jirones con un brazo amputado goteando y gritándoles como un loco a los sorprendidos archis que se apartaran. No estaba seguro en ese momento de lo que podría conseguir. La senilidad expiratoria debía de haber empezado ya, empeorada por el pseudoshock y la fatiga de los órganos.
Alertado por la conmoción, un poli llegó a la plaza desde la calle Cuarta, cubierto por una armadura corporal, mientras sus ídems de piel azul se desplegaban, ágiles y sin protección, sin necesitar órdenes porque cada uno conocía los deseos del proto más perfectamente que un pelotón de infantería bien entrenado. Su única arma (dedos terminados en punta de aguja con aceite aturdidor) detendría en seco a cualquier humano o golem.
Me aparté de ellos, sopesando mis opciones.
Físicamente, mi ídem no le había hecho daño a nadie. Con todo, las cosas se estaban poniendo feas. Se había molestado, incluso perturbado, a personas de verdad. Suponiendo que escapara de los hampones amarillos de Beta y consiguiera llegar a un congelador policial, mi original podría acabar acusado de suficientes infracciones menores como para perder la recompensa por localizar a Beta. A los polis incluso podría traerles al pairo congelarme a tiempo o no. Lo estaban haciendo mucho últimamente.
Seguro que varias cámaras privadas y públicas me estaban enfocando. ¿Pero lo suficiente como para hacer una identificación válida? La cara de este verde era demasiado blanda, y aún más deformada por los puños de la banda de Beta, así que no sería fácil reconocerla. Eso dejaba una posibilidad. Llevar esta carcasa estropeada a un lugar donde nadie pudiera recuperarla o identificarla. Que se devanaran los sesos intentando adivinar quién había empezado aquel tumulto.
