
– ¡Soldados! -prosiguió-. Debéis reaccionar. No decepcionéis al Führer. Tenéis que redimir vuestros crímenes contra Adolph Hitler y el Reich.
Respiró profundamente y miró con fijeza hacia nosotros doce, bajo los árboles. La cara de criminal de Hermanito, vuelta hacia él, brillaba junto a la cíe Porta, astuta como la de un zorro.
– Lucháis junto a los mejores hijos de nuestro país -graznó-; y desdichado del puerco que se muestre cobarde. Sería la peor tontería que podría hacer.
– ¡Los mejores hijos! ¡Esta sí que es buena! -dijo el Viejo, riendo-. Por lo visto no conoce a Porta ni a Hermanito.
Hermanito gruñía como un lobo hambriento que olfatea su presa.
– Soy el mejor hijo de mi madre.
– ¿Porque no ha tenido ningún otro? -preguntó Julius Heide.
– Ahora, no -dijo Hermanito -. Los demás se marcharon.
– ¿Qué ha sido de ellos? – preguntó Porta.
– El más joven, en un momento de locura, se presentó en la Gestapo, en Stadthausbrücke, n.° 8. Debía facilitar explicaciones relativas a un asunto de la calle de Budapest. Ya no recuerdo los detalles, pero se trataba de una pared, de un bote de pintura y de un pincel. Aquel cretino tenía la manía de escribir en las paredes. No volvimos a verle. A Bullerle rebanaron el cuello el año 1939, en el Fuhlsbüttel. Fue el mismo día que se cargaron a mi viejo. Y después, estaba Gert. Era completamente idiota. Se presentó voluntario en la Marina de Guerra. Se hundió en el «U-18», en 1940. Como agradecimiento, recibimos una hermosa tarjeta del almirante Doenitz. Ya sabes, con la orla dorada y todo. Y las palabras: Der Führer dankt Ihnen. Aquella tarjeta tuvo un triste destino, lo que hubiera desagradado extraordinariamente al señor Doenitz.
Hermanito pegó un buen mordisco al salchichón.
– Pero como no lo supo…
– ¿Qué le ocurrió a la tarjeta del almirante? – preguntó Barcelona Blom, curioso.
