
Barcelona se echó a reír.
– Entonces, está claro como el agua del manantial. El individuo quería juerga. Los jovencitos no le interesaban. Por lo tanto, no tenías nada que temer.
– Haría falta mucha hambre para fijarse en Hermanito -comentó Porta, riendo.
El legionario sonrió levemente.
– No olvidéis que aquí nos falta todo eso. Tal vez Hermanito podría ganarse la vida haciendo horas extraordinarias.
– Si alguien tratara de acercárseme -dijo Hermanito, sacando su cuchillo de combate, que clavó con furia en el suelo-, no sobreviviría. Los pederastas no me interesan. No me importa el físico de las gachís; no me importa que tengan quince o cien años, que sean rameras o que vayan en sillas de ruedas; me interesan todas enormemente. Pero los otros, al cuerno.
Y Hermanito escupió con repugnancia.
El teniente que había traído a los reclutas los hizo formar en una sola fila antes de marcharse. De repente, le había entrado prisa. Quería marcharse rápidamente, avisado por su instinto. Aquello olía mal. Hizo su discursito habitual, que ponía término a sus deberes por lo que respectaba a aquel transporte.
Los reclutas le escuchaban con un silencio indiferente. El oficial graznaba como una rana acatarrada.
– ¡Fusileros blindados! Ahora, estáis en el frente. Pronto tendréis que combatir contra los sanguinarios enemigos del rey, los hombres de la marisma soviética. Será la oportunidad para que reconquistéis vuestro honor cívico y vuestro derecho a vivir de nuevo entre los hombres libres. Si sois valientes de verdad, vuestro expediente judicial será eliminado. Vosotros mismos debéis rehabilitaros. -Carraspeó y añadió, con cierta timidez-: Camaradas, el Führer es grande.
La risa de Porta llegó hasta él. Le pareció entender la palabra «cretino».
Los miró de reojo. Enrojeció. Parecía tener frío. Se llevó una mano a la funda de su pistola.
