
Nos reunimos en la cantera situada al otro lado del bosque. Faltaban ocho hombres.
– Yo he visto caer a dos – dijo Porta.
Hermanito arrastraba tras de sí a un teniente ruso. El Viejo dijo que había que llevárselo prisionero.
Al llegar al borde del campo de minas, el teniente lanzó un grito. Hermanito se echó a reír. El Viejo blasfemaba.
– Este estúpido oficial ha intentado largarse -explicó.
Pero habíamos observado que su onda asomaba a medias por uno de sus bolsillos. La onda de acero con sus dos empuñaduras de madera, «la muerte silenciosa».
– ¡Lo has estrangulado! -gritó el Viejo, acusador.
– Bueno, ¿y qué? Quería largarse -rezongó Hermanito.
Y se frotaba el bolsillo de su pantalón.
– Asesino -dijo Stege.
LA FISGONA
Nosotros, los supervivientes de la 5.ª Compañía, estábamos tendidos de bruces, bajo los manzanos, contemplando las tropas de reserva que esperábamos desde hacía cuatro días. Acababan de llegar en camiones. Estaban formadas en columna doble, en medio del camino. Sus armas y sus uniformes olían a nuevo. Habían llevado hasta aquí el olor a almacén.
Les mirábamos con ojos de experto. A decir verdad, siempre mirábamos a todo el mundo con los ojos de un soldado del frente, tanto si eran soldados como si no lo eran. Tácitamente, estuvimos de acuerdo en que aquellos 175 reservistas no tenían gran cosa en común con los soldados. Llevaban su equipo como aficionados. El correaje mal ajustado les había producido desolladuras. Sus botas brillaban, pero eran rígidas. No las habían sumergido en orines y frotado después vigorosamente con las manos para curtirlas. Sería imposible llegar muy lejos con unas botas tan rígidas. Las de Porta sí eran unas botas ejemplares. Tan suaves, que se veía moverse su dedo meñique en el interior. Es cierto que, desde lejos, apestaban a orina. Como había dicho el Tuerto, nuestro coronel, durante una revista:
