
– Apestáis como cien urinarios juntos.
Pero el Tuerto no prohibía el curtido. Sabía que los pies son esenciales para un soldado. Es el arma secreta de la Infantería. Un comandante de Infantería inteligente cuidaba más los pies de sus tropas que cualquier otra cosa. Hermanito pegó un codazo al legionario.
– ¡Menuda pandilla de inútiles nos ha tocado! Iván los enviará directamente al infierno, con sólo abrir un poco los ojos. Si no estuviésemos aquí nosotros dos, haría mucho que habríamos perdido la guerra.
El Viejo reía en silencio. Estaba tendido bajo un arbusto que le protegía algo de la lluvia que en aquellos momentos caía con gran violencia.
– Es raro que no hayan dado la Cruz de Caballero a un héroe como tú, Hermanito.
– Su Cruz de Caballero me la meto donde yo sé -gruñó Hermanito.
Y escupió hacia una mosca ahogada por la lluvia. Los oficiales, reservistas todos, gritaban injurias. Uno de los reclutas perdió su casco de acero, que rodó por el camino con un estrépito que le traicionó.
– ¡Cerdo! -aulló un Oberfeldwebel-. ¡Paso ligero!
El recluta, un hombre mayor, empezó a evolucionar bajo los gritos del suboficial.
– ¡Adelante! ¡A la carrera!
El Oberfeldwebel no le siguió. Permanecía en el camino, dando órdenes con su silbato: Era la clase de individuo que sabe hacer sufrir a los reclutas. En un cuarto de hora, consiguió destrozar completamente al hombre que había dejado caer su casco. Aniquilado. Listo.
El Oberfeldwebel se rió, satisfecho. Había motivos para regocijar el corazón de un viejo suboficial.
Nuestro jefe de Compañía, el teniente Ohlsen estaba hablando con el teniente que había traído a los reservistas. Ni siquiera se daban cuenta de que el viejo estaba en las últimas. Se había convertido en una costumbre. Ocurría tan a menudo… En el reglamento, a esto se le llamaba mantener la disciplina. Ocurría ya en el ejército del emperador. La costumbre exigía que se esperara a que alguien cometiera una falta; entonces, se disponía de los medios para liquidarla. Era sencillo y más eficaz.
