– Sabemos lo que son los obuses -protestó Hermanito-. Valen más que toda esta mierda.

La puerta chirrió de nuevo. Sin reflexionar en las posibles consecuencias, Porta encendió su linterna y se precipitó hacia otra puerta que había en el extremo opuesto de la habitación. La abrió de golpe y recorrió la habitación con el haz luminoso de su lámpara. Una joven estaba pegada a la pared. Llevaba una enorme cachiporra en la mano.

La contemplamos sorprendidos. Hermanito fue el primero en recuperar el habla.

– ¡Una gachí! ¿Hablas el alemán, pequeña?

La cogió brutalmente por la barbilla y le cosquilleó detrás de una oreja con la empuñadura de su lazo de acero.

– He estrangulado a tu gato, pero ya te regalaré otro. ¿Quieres jugar a gatitos conmigo?

– Yo no soy partisana -declaró la muchacha, en mal alemán-. Nix, nix. Yo no comunista, nix; nix. Yo gusto mucho soldados germanski. ¿Panjemajo?

– ¡Oh, sí! Nosotros panjemajo -dijo Porta, riendo-. Pero, ¿por qué tú meter tetracloruro en botella de coñac?

– Njet entender, Pan

– Nadie entiende nunca lo que se dice cuando ha cometido una estupidez -dijo Heide con sarcasmo.

Hermanito señaló con un dedo la cachiporra de la joven:

– Llevas un bastón algo pesado, ¿no crees? ¿Y si te ayudara a llevarlo?

Sin una palabra más, cogió el arma de manos de la aterrorizada joven. Ella le seguía nerviosamente con la mirada.

– Yo nix pegar soldado germanski con bastón -tartamudeó-. Yo pegar únicamente russki. Ellos malos. Germanski, buenos.

– Sí, somos unos angelitos -dijo Heide, riendo-, con alas de cera que no resisten la proximidad del fuego.

– ¿Estás sola? -preguntó Barcelona en ruso.



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