– ¡Uf! -suspiro Barcelona-. Y yo que esperaba toda una Compañía de rojos.

– ¡Pandilla de miedosos…! -dijo Hermanito, despectivo, mientras se libraba, con un ademán, del gato muerto.

Empezamos a registrar todos los armarios, para ver si contenían cosas interesantes.

Hermanito encontró un bote de mermelada. Se sentó en el suelo, en medio de la habitación, con las piernas cruzadas y se puso a comer.

Porta empezó a beber de una botella. Hizo una mueca, miró la etiqueta, pero se convenció de que, efectivamente, ponía «coñac». Bebió otro sorbo y, después, alargó la a botella Heide.

– Un coñac extraño.

Heide lo olfateó, bebió un trago, tiró la botella por lo aires y escupió.

– ¡Vaya porquería! Es tetracloruro. Me alegro de haberte conocido.

Hermanito se echó a reír.

– En tierra desconocida hay que limitarse a la mermelada Eso todo el mundo sabe lo que es.

Una puerta chirrió. Pegamos un brinco. En un santiamén Hermanito y Barcelona se encontraron detrás de un aparador.

La mermelada se esparcía por el suelo.

Porta se precipitó hacia la puerta, la abrió de una patada, y gritó:

– ¡Eh! ¡Manos arriba!

Yo había quitado ya el seguro de una granada, dispuesto a lanzarla.

Pero la calma era total.

Había alguien. Lo percibíamos. Éramos como fieras. Nos sentíamos capaces de matar, por miedo y por placer. Varios años de guerra cambian a un hombre por completo. Los que estaban allí eran adversarios. Si no les matábamos, nos matarían. Se trataba de ser el más rápido.

Escuchamos.

– Llamemos a la Compañía – murmuró Barcelona.

– Peguemos fuego a este burdel -propuso Hermanito-. Después, podremos cargárnoslos a medida que vayan saliendo de las llamas. El fuego es estupendo cuando se busca a alguien.

– ¡Chitón! -gruñó Porta-. Si hacemos esto, la artillería rusa no tardará en respondernos.



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