
– No grite tanto, mi teniente -cuchicheó Porta. Y le indicó la trampa que había en el suelo-. Es probable que haya todo un batallón de rusos ahí debajo, ensuciándose en los calzones. Por lo que respecta al coñac, no hay motivos para envidiárnoslo. Es infecto. Es tetracloruro.
El teniente Ohlsen se quedó atónito.
El legionario se adelantó, seguido por el Viejo. Ambos preparaban un cóctel Molotov.
– ¿Están en la cueva los Iván? -preguntó el legionario-. Entonces, abre la trampa, Hermanito, por favor.
– ¿Crees que estoy loco? -preguntó Hermanito, retrocediendo-. Si quieres abrir la trampa para poder echar tus fuegos artificiales, tendrás que hacerlo tú mismo. Yo estoy decidido a salir vivo de esta guerra.
– ¡Idiota…! -replicó el legionario.
Y se adelantó hacia la trampa con paso firme.
– Apartaos, que va a haber jaleo.
La muchacha lanzó un grito:
-Nix, nix, niño malinkij
El legionario la sacudió de tal manera que la joven cayó al suelo.
– ¡Vamos, vamos! -gruñó Porta-. No irás a pegarle ahora a una chica-. Siempre había creído que los franceses eran galantes.
– ¿Habéis terminado de decir tonterías? -El teniente Ohlsen estaba furioso-. No estamos aquí para divertirnos. Antes de que hayamos podido suspirar, tendremos a Iván agarrado a nuestros cuellos.
Hermanito se acariciaba la pierna con su lazo.
– Comunico que he estrangulado un gato. Iván, mi teniente. Los miedosos de la cueva no tienen más que salir.
– Rodead la trampa -ordenó el teniente Ohlsen-. Las ametralladoras ligeras y las PM en posición. Kalb, prepare la carga. Al primero que salga armado, lo liquidáis. Si intentan cualquier cosa, tendrán derecho al cóctel.
Abrió la trampa con rápido ademán, y gritó:
– Salid uno a uno. Os doy cinco minutos. Después, empezaremos a actuar. ¡De prisa, señores, de prisa! Y sin armas, tovarich
