
La primera en salir fue una viejecita, con las manos encima de la cabeza. La siguieron otras cinco mujeres. Una de ellas llevaba un bebé en los brazos.
– ¡Mierda si no son unas Flintenweiber! - murmuró Porta.
Después salieron varios hombres, ya no muy jóvenes. Heide y Barcelona les registraron con habilidad.
– ¿Puedo registrar a estas buenas mujeres? -preguntó Hermanito.
– Usted, hágase a un lado, Creutzfeld. Si toca a una mujer, le liquido -amenazó el teniente Ohlsen.
– No era más que una idea -gruñó Hermanito.
– ¿Queda aún alguien abajo? -preguntó el teniente Ohlsen a uno de los hombres.
Éste movió la cabeza, pero había contestado con demasiada rapidez.
– ¿Estás seguro, guerrero? -preguntó Porta, entornando los ojos-. Échale el lazo al cuello, Hermanito.
– Con placer -contestó el aludido.
Y lanzó el lazo de acero alrededor del cuello del individuo que estaba sumamente pálido.
Después, aflojó un poco la presión.
Porta sonrió diabólicamente.
– Es un juego fastidioso, sobre todo para ti. Si hay otros tovarich en la cueva, Hermanito apretará el lazo. ¡De prisa! Dinos si hay otros, antes de que bajemos a verlo nosotros mismos.
El hombre profirió una especie de gorgoteo y movió cabeza.
– ¡Cuidado, vais a estrangularlo! -intervino el teniente Ohlsen-. ¿Cuántas veces tengo que deciros que no quiero que uséis esos métodos de gángster? Así, pues, ¿no queda nadie en la cueva? -preguntó, dirigiéndose a los paisano que se mantenían junto a la pared.
– Eche el paquete, Kalb.
El pequeño legionario se encogió de hombros, desatornilló la cápsula de la granada del centro, pasó un dedo por el anillo.
Una de las mujeres chilló:
– Njet, njet!
