
El legionario le lanzó una mirada:
– Voilà, Madame. Entonces, ¿quedan otros?
El teniente Ohlsen se acercó a la trampa.
– Estaba seguro, Subid…
Un ruido.
Dos jóvenes salieron lentamente de la cueva. El legionario les dio un empujón.
– Menuda suerte tenéis, amigos míos. Treinta segundos más y os habríamos asado.
Heide y Barcelona les registraron con habilidad.
– Espero que eso es todo, ¿no? -preguntó el teniente Ohlsen.
El legionario y yo bajamos de un salto. Permanecimos un momento detrás de unos barriles, acechando. Después, registramos la cueva, que se extendía bajo toda la casa.
Oímos un ruido sordo detrás de nosotros. Dimos media vuelta, preparados para disparar.
– ¡Cretino…! -gruñó el legionario al descubrir a Hermanito.
– ¿Quedan más gachís? -preguntó Hermanito, muy risueño-. Estoy dispuesto a ayudaros para registrarlas.
– Non, camarade, no te hagas ilusiones. No quedan más.
Subimos a reunimos con los otros. Porta había encontrado unas botellas, que probaba con prudencia.
– ¿Vodka? -preguntó a los paisanos-. ¿Nix vodka?
Nadie le contestó.
– Bueno, ¿estáis listos? -gritó el teniente Ohlsen-. Nos marchamos.
Heide fumaba, en un rincón, mientras observaba con recelo a los dos sujetos que acababan de salir de la cueva.
– ¿Qué sucede? -preguntó Barcelona-. ¡Vaya manera de mirarlos!
– ¿Tú que piensas, Porta?
– Lo mismo que tú, Julius. Esos dos no son precisamente niños del coro. Son colegas, estoy dispuesto a apostar una botella de vodka.
El teniente les escuchó con atención.
– Sin duda se trata de unos desertores. Es cosa que no nos importa
– ¿Con unas jetas así? -dijo Barcelona, riendo-. No, mi teniente, conozco ese tipo. Eran unos sujetos como éstos los que nos pegaban puntapiés en el trasero, en el batallón Thälmann
