
El Oberfeldwebel tocó a su víctima con la punta de una bota.
– ¿En qué estás soñando? ¿Es que piensas terminar tu agujero cuando todos estemos muertos y podridos en nuestras tumbas? Más aprisa, más aprisa.
El recluta se desvaneció. Se desvaneció así sin autorización. El Oberfeldwebel estaba muy sorprendido. Meneando la cabeza, ordenó a otros dos reclutas que se llevaran el «cadáver».
– Y a eso le llaman soldados -murmuró-. ¡Pobre Alemania!
Aquel tipo aprendería a conocerle, se prometió. Él, el Oberfeldwebel Huhn, terror de Bielefeldt. Se frotó voluptuosamente las manos. Espera, amigo mío, espera. Serás el primero que liquide en esta Compañía.
Pero el castigo había surtido efecto. Ninguno de aquellos reclutas dejaría caer nunca más su casco.
– ¡Vaya latoso! -dijo Porta, con indiferencia, mientras mordisqueaba el salchichón de cordero que había encontrado cinco días antes en el macuto de un artillero ruso.
Todos teníamos de aquellos salchichones de cordero. Salchichones de cordero del Kakastán. Salchichones duros como piedras, salados; pero eran deliciosos. Sólo éramos doce supervivientes. Las grandes pérdidas apenas nos impresionaban ya. Nos habíamos acostumbrado. Pero el bosque nos había costado caro. Regresábamos, a través de ese bosque cuando sorprendimos una batería de campaña rusa. Como de costumbre, fue el legionario el primero que les vio. Ni siquiera los pieles rojas de Cooper atacaban más silenciosamente que nosotros. Les liquidamos con nuestras kandras
– ¡Ah, malditos cerdos! ¡Han vuelto a atiborrarse de vodka y se están peleando! -le dijo a su segundo, un teniente.- ¡Vaya jaleo!
