Fueron sus últimas palabras. Su cabeza rodó por el suelo y dos chorros de sangre brotaron de su cuello tembloroso.

Sin guerrera y vociferando, el teniente huyó hacia el bosque; pero Heide le alcanzó y le clavó su kandraen el pecho.

Cuando hubimos terminado, presentábamos un aspecto horrible.

Algunos de nosotros vomitábamos.

La sangre y las tripas apestaban espantosamente; y además había moscas. Enormes moscas azules.

A nadie le gustaba el kandra. Era demasiado escandaloso, aunque un arma excelente. No había otra que la igualara. El legionario y Barcelona Blom nos habían enseñado a utilizarla.

Nos sentamos en las cajas de municiones y en los obuses.

Aliviados y satisfechos, empezamos a comer sus salchichones de cordero, regándolos con vodka ruso.

El único que no tenía hambre era Hugo Stege. Siempre nos burlábamos de él porque había cursado estudios secundarios. Jamás profería palabrotas. Nosotros lo encontrábamos anormal. A causa de su lenguaje correcto y de sus buenos modales le teníamos por un poco chiflado. Lo peor fue cuando Hermanito descubrió que se lavaba las manos antes de comer. Nos reímos durante una hora entera y después le aconsejamos que visitara a un psiquiatra.

El Viejo contemplaba los salchichones de cordero y el vodka.

– Llevémonos todo esto, esa gente ya no lo necesitará más.

– ¡Qué hermosa muerte! -comentó con énfasis el pequeño legionario-. Ni siquiera se han dado cuenta de que les matábamos, Alá es grande. Él cuida de sus criaturas. -Pasaba cuidadosamente un dedo por el kandraafilado como una navaja-. Cuando se sabe utilizar, no hay muerte más rápida.

– En el fondo, es lástima – murmuró Stege.

Vomitó de nuevo.

– ¿Lástima? -exclamó Porta-. ¿Por qué? ¿Y si hubiera ocurrido al revés y hubiésemos sido nosotros los que hubiéramos estado roncando mientras ellos salían del bosque?



6 из 344