Valerie estaba muerta. De un balazo en el pecho. Le habían disparado en la zona de los puestos de comida del United States Tennis Association National Tennis Center durante la primera ronda del Grand Slam estadounidense y, aun así, nadie había visto nada. O, por lo menos, nadie había dicho nada.

– Ya vuelves a poner esa cara -dijo Win.

– ¿Qué cara? -preguntó Myron.

– La cara de «quiero ayudar al mundo» -respondió Win-. No era dienta tuya.

– Pero iba a serlo.

– Cosa muy diferente. Su destino no te concierne.

– Hoy me había llamado tres veces -dijo Myron-. Y al ver que no podía ponerse en contacto conmigo por teléfono, ha venido a las pistas. Y entonces ha sido cuando la han matado.

– Una historia muy triste -dijo Win-, pero no te concierne.

El velocímetro rondaba los ciento treinta.

– Oye, Win.

– Dime.

– Estás yendo por la izquierda, vas en dirección contraria.

Win dio un volantazo, cruzó dos carriles y tomó la salida de la autopista. Minutos más tarde, el Jaguar entraba en el parking Kinney de la Calle 52. Después de aparcar el coche le dieron las llaves a Mario, el encargado. En Manhattan hacía calor. Mucho calor. La acera abrasaba los pies a través de la suela de los zapatos. El humo de los coches se unía a la humedad que pendía del aire como los frutos de un árbol. Respirar suponía todo un esfuerzo. Sudar, en cambio, no. El truco consistía en reducir el sudor al mínimo mientras se caminaba y esperar a que el aire acondicionado secara la ropa sin provocar una neumonía.

Myron y Win fueron en dirección sur por Parle Avenue hacia el rascacielos de Inversiones y Valores Lock-Horne. El edificio entero pertenecía a la familia de Win. El ascensor se detuvo en la planta número doce, Myron salió y Win se quedó dentro. Su despacho de la compañía Lock-Horne estaba dos pisos más arriba.



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