– Yo la conocía -dijo Win antes de cerrarse las puertas del ascensor.

– ¿A quién?

– A Valerie Simpson. Fui yo quien le dio tu número de teléfono.

– ¿Y por qué no me lo dijiste?

– No tenía ningún motivo para hacerlo.

– ¿Erais amigos íntimos?

– Eso depende de lo que entiendas por amigo íntimo. Ella era de una familia adinerada de Filadelfia, como la mía. Los dos éramos miembros de los mismos clubes privados, de las mismas asociaciones benéficas, todo eso. De niños de vez en cuando nuestras familias veraneaban juntas. Pero llevaba años sin saber nada de ella.

– ¿Y te llamó así, sin más?

– Podría decirse que sí.

– ¿Y qué es lo que tú dirías?

– ¿Es un interrogatorio?

– No. ¿Tienes alguna idea de quién puede haberla asesinado?

– Ya hablaremos luego -dijo Win con total tranquilidad-. Ahora mismo tengo asuntos que atender.

Las puertas del ascensor se cerraron y Myron se quedó allí de pie un momento, como esperando a que las puertas volvieran a abrirse. Después recorrió el rellano y abrió la puerta en la que se leía: «MB Representante Deportivo Inc».

– Madre mía, vas hecho un cromo -dijo Esperanza desde su mesa al verlo entrar.

– ¿Te has enterado de lo de Valerie?

Esperanza hizo un gesto afirmativo con la cabeza. En caso de sentirse culpable por haberse referido a ella como «la reina de hielo» momentos antes del asesinato, no se le notaba.

– Tienes sangre en la chaqueta.

– Ya lo sé.

– Ned Tunwell, de Nike, está en la sala de reuniones.

– Pues supongo que tendré que verlo -dijo Myron-. Deprimiéndome no voy a arreglar nada.

Esperanza se quedó mirándolo, inexpresiva.

– No hace falta que te pongas así -añadió Myron-, estoy bien.

– Estoy conteniendo las lágrimas -dijo ella.

La viva imagen de la compasión.

Cuando Myron abrió la puerta de la sala de reuniones, Ned Tunwell se le tiró encima como un cachorro contento, esbozó una sonrisa de oreja a oreja y le dio una gran palmada en la espalda. Myron pensó que sólo faltaba que le saltara al regazo para lamerle la cara.



11 из 281