– Durante los cuartos de final. Vamos a bombardear todas las cadenas a lo bestia.

La cinta terminó de rebobinar. Duane estaba a punto de convertirse en uno de los jugadores de tenis mejor pagados del mundo. Y no por ganar partidos, aunque ayudara bastante, sino por los contratos publicitarios. En la mayoría de los deportes, los deportistas más famosos ganaban más dinero por los patrocinadores que por sus equipos. Y en el caso del tenis, mucho más. Muchísimo más. Los diez mejores jugadores del mundo sacaban el quince por ciento de sus ingresos de los partidos que ganaban, pero el resto lo ganaban gracias a contratos publicitarios, los partidos de exhibición y las cuotas, es decir, el dinero que se pagaba a los mejores jugadores por participar en un torneo sin tener en cuenta el resultado.

El tenis necesitaba sangre nueva y Duane Richwood era la transfusión más estimulante que iba a obtener en años. Comparados con él, Courier y Sampras parecerían tan interesantes como la comida deshidratada para perros. Los jugadores suecos siempre eran un tostón. El circo de Agassi empezaba a cansar. McEnroe y Connors ya eran historia.

Así que ahora le tocaba el turno a Duane Richwood: llamativo, divertido y ligeramente polémico, pero no lo suficiente como para resultar odioso. Era negro y había salido de la calle, pero de una calle que se consideraba «segura», era un negro «seguro», la clase de tipo a quien hasta los racistas podrían apoyar para demostrar que en realidad no lo eran.

– Mira esta preciosidad, Myron. Este spot, te lo prometo, es… es que es totalmente… -Tunwell miró al techo, tratando de encontrar la palabra adecuada.

– ¿Fantástico? -sugirió Myron.

– Tú míralo y ya verás -dijo Ned haciendo chasquear los dedos y señalando la pantalla-. A mí se me pone dura cuando lo veo. ¿Pero qué digo? Se me pone dura sólo de pensar en él. Te lo juro por lo que más quieras, es buenísimo.

Ned pulsó el botón de «play».



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