
Dos días antes, Valerie Simpson había estado sentada en aquella misma sala, justo después que Duane Richwood. El contraste era espectacular. Los dos tenían veintitantos años, pero mientras la carrera de uno apenas empezaba a despegar, la de la otra ya se había estrellado. A los veinticuatro años, a Valerie le habían colgado el cartel de vieja gloria o falsa promesa del tenis. Aquel día estuvo fría y arrogante (y de ahí el comentario de Esperanza sobre la reina de hielo), aunque tal vez sólo estuviera distante y distraída. Era difícil saberlo con exactitud. Y sí, Valerie era joven, aunque no precisamente lo que se dice «una persona llena de vida». Resultaba muy extraño decirlo ahora, pero sus ojos le parecieron más vivos cuando la vio muerta, más animados en su mirada perdida que cuando se sentó en la sala de reuniones con Myron.
¿Por qué, se preguntó Myron, iba nadie a querer matar a Valerie Simpson? ¿Por qué había tratado de ponerse en contacto con él con tanta urgencia? ¿Por qué había acudido al estadio de tenis? ¿Para ver el torneo? ¿O para hablar con Myron?
– Mira esto, Myron -volvió a repetir Ned-. Es tan fantástico que me corrí de gusto al verlo. De verdad, te lo juro por Dios. Me manché los pantalones.
– Qué pena habérmelo perdido.
Ned soltó un grito de placer.
El anuncio empezó por fin. Se veía a Duane con sus gafas de sol yendo de arriba abajo en la cancha de tenis. Luego muchas sucesiones rápidas de primeros planos, la mayoría de las zapatillas deportivas. Muchos colores brillantes. Un ritmo de latidos fuertes mezclado con el ruido de las pelotas que pasaban por encima de la red a toda velocidad. Tenía un estilo tan a lo «MTV», que podría haberse tratado perfectamente del videoclip de un grupo de rock. Entonces se oía decir a Duane:
– Ven a mi cancha…
Luego se veían unos cuantos golpes y unos cuantos primeros planos en rápida sucesión. Y entonces todo se detenía. Duane se desvanecía y el color se iba perdiendo hasta quedar por completo en blanco y negro. Y en silencio. Después la escena cambiaba y se veía a un juez de aspecto severo mirando a la cámara desde lo alto de su estrado. En ese momento volvía a oírse la voz de Duane:
