
– No te preocupes.
Myron bajó a la planta baja por el ascensor y salió hacia el parking Kinney corriendo. «¡Corre, corre, O. J. Simpson!», oyó que le gritaba alguien a su espalda. En Nueva York parece que todo el mundo fuera cómico profesional. Mario lanzó las llaves a Myron sin apartar la vista del periódico que tenía en las manos.
El coche de Myron estaba aparcado en la planta baja. Al contrario que Win, Myron no era precisamente un amante de los grandes coches. Para Myron, el coche era un medio de transporte y nada más. Myron tenía un Ford Taurus. Un Ford Taurus gris. Por eso cuando conducía las chicas no se le tiraban precisamente encima.
No había recorrido más de veinte manzanas cuando vio que un Cadillac azul pálido con techo amarillo canario lo seguía. Aquel coche tenía algo raro. Y probablemente fuera el color. ¿Azul pálido con el techo amarillo? ¿En Manhattan? Podía imaginarse un coche como aquél en un complejo para jubilados de una ciudad tipo Boca Ratón y en manos de algún tipo llamado Sid, que siempre se dejaba el intermitente de la izquierda encendido, pero no en Manhattan. Además, Myron recordaba haber pasado corriendo junto a ese mismo coche de camino al parking.
¿Estaría siguiéndolo alguien?
Era una posibilidad, pero poco probable. Se encontraba en el centro de Manhattan y Myron se dirigía en línea recta hacia la Séptima Avenida, seguido por un millón de coches más. Quizá no tuviera ninguna importancia. O quizá sí. Myron tomó mentalmente nota al respecto y siguió adelante.
Duane había alquilado hacía poco un piso en la esquina de la Calle 12 con la Sexta Avenida, en el edificio John Adams, justo a las puertas de Greenwich Village. Myron aparcó en una zona prohibida delante de un restaurante chino de la Sexta Avenida, pasó por delante del portero y subió en ascensor hasta el apartamento 7G.
Le abrió la puerta un hombre que sólo podía ser el detective Roland Dimonte. Llevaba téjanos, camisa verde con estampado de cachemira y chaleco de cuero negro.
