– Gracias.

– La sirena -dijo de repente una voz.

Myron y Win miraron al otro lado. La voz parecía haber sido la de Henry.

– ¿Has dicho algo?

– La sirena -repitió Henry casi sin mover la boca y con la mirada todavía fija en la pista de tenis-. Joan Collins hizo de la sirena. En Batman.

Myron y Win intercambiaron miradas de asombro.

– Los sabelotodo no les caen bien a nadie, Henry.

A Myron le pareció que Henry movía la boca. Tal vez para sonreír.

En la cancha de tenis, Duane empezó el juego con un tanto directo de saque que estuvo a punto de atravesar a un recogepelotas. El velocímetro de IBM marcó 205 kilómetros por hora y Myron hizo un gesto de incredulidad al verlo, igual que Ivan Comosellame. Justo cuando Duane se preparaba para lanzar el segundo saque, sonó el móvil de Myron.

Él lo sacó rápidamente del bolsillo. No era el único de las gradas que fuera a hablar por teléfono, pero sí de entre los de la primera fila. Ya iba a pulsar el botón de desconexión cuando cayó en la cuenta de que podía tratarse de Jessica. Jessica… Sólo de pensar en ella ya hacía que se le acelerara el pulso.

– ¿Diga?

– No soy Jessica -comentó Esperanza, su colega del trabajo.

– No esperaba que lo fueras.

– Seguro -dijo ella-. Siempre suenas como un perrito abandonado cuando coges el teléfono.

Myron agarró el móvil con fuerza. El partido continuaba sin interrupción, pero ya había gente en las gradas con cara de pocos amigos, buscando el origen del desagradable tono de llamada del móvil.

– ¿Qué quieres? -preguntó susurrando-. Estoy en el estadio.

– Ya lo sé. Seguro que ahora mismo pareces un gilipollas pretencioso por estar al teléfono en pleno partido.

«Si yo te contara…», pensó Myron.

Las caras de pocos amigos ya empezaban a acribillarlo con la mirada. En opinión de quienes lo rodeaban, Myron acababa de cometer un pecado imperdonable. Como si hubiera abusado de un menor o estuviera utilizando el tenedor de la ensalada con el segundo plato.



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