
– Oye, ¿qué quieres?
– Un momento, ahora mismo estás saliendo por la tele. Madre mía, es cierto.
– ¿Qué?
– La televisión te hace más gordo.
– Mira, Esperanza, ¿quieres decirme de una vez qué es lo que quieres?
– Bueno, nada importante. Se me ocurrió que te gustaría saber que te he concertado una reunión con Eddie Crane.
– Estás de broma.
Eddie Crane era uno de los juniors de tenis más destacados de todo el país. En principio sólo iba a entrevistarse con las cuatro agencias más importantes: ICM, TruPro, Advantage Internacional y ProServ.
– Lo digo en serio. Estás citado con él y con sus padres en la pista dieciséis cuando termine el partido de Duane.
– Te quiero, ¿sabes?
– Pues súbeme el sueldo -repuso ella.
Duane marcó un tanto con un drive diagonal ganador. Treinta a cero.
– ¿Alguna cosa más? -quiso saber Myron.
– No, bueno, Valerie Simpson. Ha llamado tres veces.
– ¿Qué quería?
– No me lo ha dicho, pero la reina de hielo parecía un poco irritada.
– No la llames así.
– Bueno, pues eso.
Myron colgó. Win se quedó mirándolo.
– ¿Algún problema? -preguntó Win.
Valerie Simpson. Un caso extraño, pero triste. La que en otro tiempo fuera niña prodigio del tenis había acudido hacía dos días a su despacho en busca de alguien, quien fuera, que la representara.
– No, no creo -respondió Myron.
Duane iba cuarenta a cero. Estaba a un tanto de partido. Bud Collins, el columnista por antonomasia del mundo del tenis, ya lo esperaba en el pasillo de los vestuarios para hacerle la entrevista habitual sobre el encuentro. Los pantalones de Bud, que siempre llevaba prendas en Technicolor muy atrevidas, eran especialmente horrendos ese día.
