
Gabriella nunca hacía las cosas a medias: yo la ayudé a cuidar a la criatura para que Louisa pudiera trabajar en el turno de noche de Xerxes. Los días que tenía que llevar a Caroline a casa de sus abuelos eran mi peor tormento. Rígidos, faltos de humor, no me dejaban entrar en la casa a menos que me quitara los zapatos. Un par de veces llegaron incluso a bañar a Caroline fuera antes de admitirla en sus prístinos portales.
Los padres de Louisa andaban tan sólo en torno a los sesenta; la misma edad que tendrían Gabriella y Tony de estar aún vivos. Debido a que Louisa tenía una niña y vivía sola, yo siempre la consideré como parte de la generación de mis padres, pero sólo me llevaba cinco o seis años.
– ¿Cuándo has dejado de trabajar? -pregunté. Yo llamaba a Louisa ocasionalmente, cuando mi imaginación culpable evocaba la imagen de Gabriella, pero había pasado bastante tiempo desde la última vez. El sur de Chicago revoloteaba con excesiva angustia en el fondo de mi espíritu para buscar voluntariamente su retorno a mi vida, y hacía dos años que no hablaba con Louisa. En aquel momento no me había dicho nada de sentirse mal.
– Ah, llegué a un punto en que no me tenía en pie; debe hacer alrededor de un año. Así que entonces me pusieron en incapacitación. Ha sido en los últimos seis meses cuando ya no he podido levantarme en absoluto.
Levantó la ropa para descubrir sus piernas. Eran como ramitas, con débiles huesos como de pájaro, pero jaspeadas de gris verdoso como su cara. Las manchas lívidas de sus pies y sus tobillos denunciaban los puntos donde sus venas habían renunciado a transportar más sangre.
