Cuando la puerta se cerró detrás de Caroline dije:

– Siento de veras verte así.

Hizo un gesto como de desprecio.

– Bah, qué demonios. Estoy harta de pensar en ello, y ya hablo del asunto con los malditos médicos más que suficiente. Quiero que me hables de ti. Sigo todos tus casos cuando aparecen en los papeles. Tu madre estaría muy orgullosa de ti.

Reí.

– No estoy segura. Ella aspiraba a que fuera cantante concertista. O en todo caso una abogada muy cotizada. Puedo imaginármela si viera cómo vivo.

Louisa me puso una mano huesuda sobre el brazo.

– No lo creas, Victoria. No lo creas ni por un instante. Tú sabes cómo era Gabriella; le habría dado su última camisa a un mendigo. Acuérdate cómo me defendió cuando la gente vino a tirar huevos y mierda a mis ventanas. No. Es posible que hubiera querido verte viviendo mejor. Qué demonios, yo también lo quisiera para Caroline. Con su inteligencia, su formación y todo lo demás, podría hacer algo mejor que andar por este agujero. Pero estoy muy orgullosa de ella. Es honrada y trabajadora y lucha por lo que cree. Y tú eres igual. No, señor. Si Gabriella te viera ahora estaría tan orgullosa como la que más.

– En fin, no podríamos haber salido adelante sin tu ayuda cuando estuvo tan enferma -farfullé, incómoda.

– Mierda, niña. ¿Mi única oportunidad de compensarla por todo lo que había hecho por mí? Aún la veo cuando aquellas señoras tan decentes de San Wenceslao desfilaban ante mi puerta. Gabriella salió como una locomotora y casi las tira al Calumet.

Soltó una carcajada breve y ronca que al convertirse en un ataque de tos la dejó sin resuello y levemente amoratada. Quedó en silencio durante unos minutos, sofocada, con el aliento entrecortado y jadeante.

– Cuesta creer que a la gente le importara tanto una adolescente soltera y preñada, ¿verdad? -dijo al fin-. Tenemos a la mitad de la población sin trabajo en esta comunidad; así es la vida y la muerte, muchacha.



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