No se equivocaba. Actualmente viajar en avión es vencer espacios, ganar horas y etapas rápidamente.

Pocos son los que ahora atraviesan el canal de la Mancha en barco. Volar suele ser una prioridad frecuente. Incluso se rumorea que pronto se construirá un túnel en el fondo del mar para que los coches puedan circular tranquilamente por tierra firme bajo el agua.

Madrid ya no tardará en ser la etapa de destino.

Solícita, la señora Rich me pregunta si deseo algo. Niego con la cabeza y le doy a entender que un cálido sueño me está invadiendo.

Pero lo que deseo realmente es que me dejen pensar, que no interrumpan esa retahíla deshilvanada que se empeña en destapar mi pasado y darle a todo lo que se impone en mis recuerdos ese latir pausado que en la juventud nunca alcancé.

Solamente en la vejez cabe analizar los hechos con la serenidad que requieren para que sean verídicos. Repentinamente, vuelvo a los ambientes que marcaron mi infancia y mi adolescencia.

Pese al carácter rígido de la abuela Victoria, todo era grato en torno a nosotros, salvo los frecuentes brotes de decaimientos enfermizos que padecían mis hermanos pequeños, Leopoldo y Maurice.

En aquella época nadie conocía las graves consecuencias de la maldita enfermedad que muchos descendientes de la abuela Victoria padecían.

Los médicos andaban desorientados, lo achacaban al clima, a los alimentos, a debilidades producidas por causas desconocidas, pero nadie imaginaba que semejante enferme dad podía ser hereditaria hasta pocos años después de mi boda.

Cuando estaba ya casada, tuve noticias de que la reina Cristina de España había sido advertida de la probable tendencia de la familia de mi abuela a caer en postraciones físicas algo preocupantes, pero cuando trasladó a su hijo aquella advertencia Alfonso se limitó a sonreír y a tranquilizar a su madre: «Siempre hay agoreros dispuestos a destruir la felicidad».



17 из 271