
Mi actual retorno al país que perdí hace ya treinta y siete años supone una incógnita. Los años errantes durante mi ausencia pueden haber acumulado infinidad de resortes imprevisibles: tal vez mi viaje sea una gozosa novedad, o quizá se limite a ser un vacío desalentador, o acaso un vergonzoso rechazo. Resulta difícil desentrañar los futuros que se gestaron en pasados huraños.
Franco acepta mi presencia en Madrid sin su apoyo oficial. Sus condiciones han sido tajantes: mi viaje a España no tendrá relieves políticos. Es decir: no es la reina Victoria Eugenia la que vuelve a su país de adopción, sino la bisabuela y futura madrina de mi bisnieto y la mujer del rey destronado, perdido ya en el jeroglífico que un dictador ha impuesto plagado de interrogantes sin respuestas.
De hecho nada es realmente concreto en el viaje que se ha planteado.
– Cuando el General lanza una opinión, resulta muy difícil saber si se trata de un simple juicio o de una orden camuflada de consulta -le digo a Grace-. Todo cuanto Franco programa relacionado con la realeza resulta vago. Pero hay que arriesgarse.
La presencia de Grace en las cámaras particulares que se me adjudican cuando me instalo en el palacio del príncipe Pierre de Montecarlo es siempre un soplo de aire fresco que aligera y ventila mis momentos adversos.
Son las diez de la mañana. Grace ha venido para despedirse de mí:
– Me hubiera gustado acompañarte hasta el aeropuerto de Niza -se excusa-. Pero la comida oficial que se celebra hoy en el palacio no me permite moverme de Mónaco.
Nuestro adiós se ciñe a un abrazo amistoso:
– Que haya suerte -me dice.
Quisiera contestarle pero la emoción me lo impide. Sólo carraspeo y estampo un beso en su mejilla. De hecho la suerte está ya echada. Es irreversible. La suerte y lo que llamamos azar no es un factor espontáneo: siempre va condicionado a un cúmulo de circunstancias que, andando el tiempo, mueven a su aire la balanza del presente. Todo depende de los aciertos o torpezas que van trazando nuestro camino hacia el futuro.
