
Pero el viaje que se programó para el futuro es ya un presente. Un «ahora» inquieto que sólo consigo sosegar un poco al contemplar el mar calmo y sonriente que baña la ciudad de Montecarlo.
– Dicen que en España hace frío -comenta Grace nuevamente.
– No te preocupes: iré bien abrigada.
Además, el frío invernal no me asusta. El único frío que consigue inquietarme es el que pueda causar mi llegada: la posibilidad de afrontar un regreso desvaído, un sopor ovillado en silencios.
También me preocupa que el «sí» volandero y partidista de Franco vaya ligado a la indiferencia de los españoles. Afortunadamente, el séquito que me acompaña en el viaje, aunque algo escaso, es entrañable. Para distraer mis temores se hartan de mencionar los grandes cambios que ha experimentado el país que un día ya muy lejano adopté como mío. En la época de mi boda, en Madrid los tranvías circulaban con vapor, los automóviles sólo eran propiedad de algunos privilegiados, la calefacción era una utopía y el alumbrado callejero se nutría de farolas que cubrían chorros de gas encendidos. Pese a ser la capital de España, sólo existía un hotel donde poder alojarse con cierta dignidad. Lo recuerdo muy bien. Se hallaba situado en la Puerta del Sol y se denominaba hotel París.
Mientras me explican la transformación que ha experimentado la ciudad castellana, mi mente se adentra en un revoltijo de recuerdos que se atropellan unos a otros. Vivir es eso: entrar continuamente en un tiempo que se evapora enseguida. Un lapso de pruebas que sólo pueden constantemente certificarnos la levedad del «siempre». Nada permanece donde imaginamos envuelto en estabilidad.
De repente surge lo inesperado, lo que pese al progreso se ve arrollado por la decadencia. Todo se transforma: los mosaicos anímicos se desprenden, las armonías se ensombrecen, los horizontes se estrechan y las garantías se rebelan.
