– Mi consejo, señorita Pennypacker, es que acepte su destino. Una vez que piense en ello, comprenderá que esto no es tan malo. ¿Una cama caliente, una comida buena, cómo pueden ser tan ofensivos?

– ¿Por qué hace esto? -preguntó con desconfianza. -¿Qué gana usted?

– Nada, -él admitió con una sonrisa ladeada. -¿Pero alguna vez ha estudiado usted la historia china?

Ella lo miró sardónicamente. Como si alguna vez, realmente le permitieran a las muchachas inglesas estudiar más que el bordado y la ocasional lección de historia, la historia británica, desde luego.

– Hay un proverbio, -dijo él, sus ojos evocadores. -No recuerdo como va precisamente, pero es algo así como una vez que se salva una vida, usted es responsable de ella para siempre.

Margaret se ahogó con su aliento. Buen Dios, ¿el hombre no pensaba cuidarla para siempre, verdad?

Angus captó su expresión y casi se dobló de la risa.

– Ah, no se preocupe, señorita Pennypacker, -dijo. -No tengo ningún plan para instalarme como su protector permanente. Me quedaré con usted hasta que llegue el amanecer y me aseguraré que esté instalada, y luego usted puede continuar alegremente su camino.

– Muy bien, -dijo Margaret de mala gana. Era difícil discutir con alguien que tenía los mejores intereses en el fondo. -Realmente aprecio su preocupación, y quizás podríamos buscar a nuestros errantes hermanos juntos. Debería hacer el trabajo un poco más fácil, pienso.

Él tocó su barbilla, alarmándola con su dulzura.

– Ese es el espíritu. Entonces, ¿nos marchamos?

Ella asintió, pensando que quizás debería hacer un ofrecimiento de paz propio. Después de todo, el hombre la había salvado de un horrible destino, y ella había respondido llamándolo loco.

– Usted tiene un rasguño, -dijo, tocando su sien derecha. Siempre era más fácil para ella mostrar su gratitud con hechos, que con palabras. -¿Por qué no me deja ocuparme de esto? No es muy profundo, pero debería tener esto limpio.



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