
Ella se congeló. Podría no gustarle este enorme escocés, pero ella no era ninguna idiota. Él era dos veces su tamaño, después de todo.
– ¿Dónde piensa usted que va?
Ella decidió no contestar eso.
Él rápidamente cerró la distancia entre ellos, cruzó sus brazos, y la miró con el ceño fruncido.
– Creo que usted estaba a punto de informarme sobre sus proyectos para la tarde.
– Lamento comunicarle señor, pero mis intenciones eran no seguir esa particular línea de…
– ¡Dígame! -rugió.
– Yo iba a buscar a mi hermano, -soltó ella, decidiendo que tal vez era una cobarde, después de todo. La cobardía, decidió, realmente no era una cosa tan mala cuando una se enfrentaba a un escocés loco.
Él sacudió su cabeza.
– Usted viene conmigo.
– Oh, por favor, -se mofó. -Si usted piensa…
– Señorita Pennypacker, -la interrumpió, -yo también podría informarle que cuando tomo una decisión, raras veces cambio de parecer.
– Señor Greene, -contestó con igual resolución, -no soy su responsabilidad.
– Quizás, pero nunca he sido el tipo de hombre que podría abandonar a una mujer solitaria a su propia defensa. Por lo tanto, usted viene conmigo, y decidiremos que hacer con usted por la mañana.
– Pensé que usted buscaba a su hermana, -dijo, su irritación clara en su tono de voz.
– Mi hermana seguramente no consigue alejarse más de mí con este tiempo. Estoy seguro que ella está metida en alguna posada, probablemente aún aquí en Gretna Green.
– ¿No debería usted buscarla en las posadas esta víspera?
– Anne no es madrugadora. Si ella de verdad está aquí, no reanudará su viaje antes de las diez. No tengo ningún miramiento sobre el retraso de mi búsqueda por ella hasta la mañana. Anne, estoy seguro, está a salvo esta víspera. Usted, por otra parte, tengo mis dudas.
Margaret casi le estampó su pie.
– No hay ninguna necesidad…
