
Había sido doblado y redoblado de nuevo, y probablemente se estaba mojando mientras ella se acurrucaba bajo la proyección de un edificio, pero el mensaje era todavía claro. Edward se fugaba para casarse.
– Maldito idiota -refunfuñó Margaret bajo su aliento. -Y con quien demonios se va a casar, me gustaría saber. ¿No podía haber tenido la amabilidad de decirme eso?
En el mejor de los casos Margaret podía adivinar, había tres candidatas probables, y ella no esperaba con impaciencia dar la bienvenida a ninguna de ellas en la familia Pennypacker. Annabel Fornby era una esnob horrible, Camilla Ferrige no tenía sentido del humor, y Penélope Fitch era tan muda como un poste. Margaret había una vez oído a Penélope recitar el alfabeto y excluir la J y la Q.
Todo lo que podía esperar era que no fuese muy tarde. Edward Pennypacker no se casaría, no si su hermana mayor tenía voz en el asunto.
Angus Greene era un hombre fuerte, poderoso, con una reputación como para ser hermoso como el pecado, y con una risa endemoniadamente encantadora que desdecía un temperamento feroz de vez en cuando. Cuando cabalgaba en su semental por una nueva ciudad, tendía a despertar el miedo entre los hombres, rápidos latidos en los corazones de las mujeres, y ojos abiertos de fascinación entre los niños, quienes siempre parecían notar que tanto el hombre como la bestia compartían el mismo pelo negro y los penetrantes ojos oscuros.
Su llegada a Gretna Green, sin embargo, no causó comentario en absoluto, porque todos aquellos con un poco de sentido común -y a Angus le gustaba pensar que la virtud que compartían todos los escoceses era el sentido común- estaban dentro aquella noche, arropados y calentitos, y, más lo importante, fuera de la lluvia que azotaba.
