
Era imposible imaginar qué otra cosa podía comenzar allí. Un comienzo implica actividad, movimiento, o incluso trabajo, y no había muchas señales de ninguno de estos fatigosos adjetivos en las somnolientas calles de Santiago. Las escaleras permanecían apoyadas, inservibles y solitarias, las carretillas descansaban sin que nadie las empujara, los caballos esperaban pacientes, las barcas cabeceaban en la bahía y las redes de pesca se secaban al sol. Las únicas personas que parecían estar trabajando eran los polis, si es que se podía llamar trabajo a aquello. Aparcados a la sombra de los edificios color pastel de la ciudad, permanecían sentados fumando cigarrillos y esperando que las cosas se enfriasen o calentasen, según cómo se mire. Lo más probable es que hiciese demasiado calor y sol para que hubiese follones. El cielo era demasiado azul y los coches demasiado brillantes; el mar se parecía demasiado al cristal y las hojas de los bananeros se veían demasiado lustrosas; las estatuas eran demasiado blancas y las sombras demasiado cortas. Hasta los cocoteros llevaban gafas de sol.
