– ¿Qué pasa? -Me senté con un gemido de dolor.

– Estoy muy asustada -respondió.

– ¿De qué estás asustada?

– Tú sabes lo que me harán si me encuentran.

– ¿La policía?

Su asentimiento se convirtió en un temblor.

– ¿Entonces qué quieres de mí? ¿Qué te cuente un cuento? Escucha, Mel, mañana por la mañana te llevaré a Santiago, iremos a mi lancha y por la noche estarás sana y salva en Haití, ¿de acuerdo? Pero ahora estoy intentando dormir. Sólo que el colchón es un poco demasiado blando para mí. Así que, si no te importa.

– Por curioso que parezca -dijo ella-, no me importa. La cama es muy cómoda. Y hay sitio para los dos.

Era muy cierto. La cama era tan grande como una granja pequeña con una sola cabra. Estoy muy seguro sobre la cabra por la manera como ella me cogió de la mano y me guió al lecho. Había algo erótico y atractivo al respecto; o quizás era el hecho de que ella había dejado la sábana en el suelo. Era una noche calurosa, por supuesto, pero aquello no me preocupaba. Puedo pensar mejor cuando estoy desnudo, como estaba ella. Intenté imaginarme a mí mismo dormido en aquella cama, sólo que no funcionó; porque ahora había visto lo que ella había mostrado en la ventana y estaba dispuesto a apretar mi nariz contra el cristal para mirar mejor. No es que ella me desease. Nunca he conseguido entender porque una mujer quiere a un hombre, no cuando las mujeres tienen el aspecto que tienen. Ella era joven, estaba asustada y sola, y quería que alguien -probablemente cualquiera le hubiese servido- la abrazase y la hiciese sentir como si ella le importase algo al mundo. Algunas veces yo también me siento de esa manera: naces solo y mueres solo, y el resto del tiempo estás librado a tu suerte.


Cuando llegamos a Santiago al día siguiente, la orquídea negra de su cabeza había estado descansando en mi hombro a lo largo de casi ciento sesenta kilómetros.



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