Ella encendió un cigarrillo y no me hizo caso, y yo hice todo lo posible por ignorarla. Miré el tacómetro, el nivel de aceite, el anemómetro y la temperatura del motor. Luego miré a través de la ventana de la cabina del timón. Smith Key, una pequeña isla que antaño fue propiedad británica, aparecía delante de nosotros. Es el hogar de muchos pescadores y pilotos de Santiago, y sus casas de tejados rojos y la pequeña capilla en ruinas le daban un aspecto muy pintoresco. Pero no era nada comparada con el panorama bajo el bikini de Melba.

El mar estaba en calma hasta que llegamos a la boca de la bahía, donde el agua comenzaba a moverse un poco. Moví el acelerador hacia delante y mantuve el barco en un rumbo firme este-sudeste hasta que perdimos de vista Santiago. Detrás de nosotros, la estela abría una gran cicatriz blanca de centenares de metros de longitud en el océano. Melba estaba sentada en la silla del pescador y gritó de entusiasmo cuando aumentó nuestra velocidad.

– ¿Te lo puedes creer? -dijo Melba-. Vivo en una isla y nunca había viajado en barco.

– Me alegraré cuando hayamos dejado esta bañera -comenté, y saqué la botella de ron del cajón de las cartas náuticas.

Al cabo de unas tres o cuatro horas comenzó a oscurecer y vi las luces de la base naval norteamericana en Guantánamo, que parpadeaban por la banda de babor. Era como mirar a las viejas estrellas de alguna galaxia cercana que era al mismo tiempo una visión del futuro, donde la democracia americana regía el mundo con un Colt en una mano y un chicle en la otra. En algún lugar, en la oscuridad tropical de aquel litoral yanqui, miles de hombres con trajes blancos estaban ocupados en las inútiles tareas de su servicio imperial marino. En respuesta al frío imperativo de nuevos enemigos y nuevas victorias, permanecían dentro de sus flotantes ciudades de la muerte color gris acero, bebiendo Coca-Cola, fumando sus Lucky Strike y preparándose para liberar al resto del mundo de su irracional deseo de ser diferentes. Porque los americanos, y no los alemanes, eran ahora la raza superior, y el Tío Sam había reemplazado a Hitler y Stalin como rostro del nuevo imperio.



14 из 420