Melba vio la curva de mi labio y debió de leerme el pensamiento.

– Los odio -dijo.

– ¿A quién? ¿A los yanquis?

– ¿A quién si no? Nuestros buenos vecinos siempre han querido convertir esta isla en uno de sus estados. Y de no ser por ellos, Batista jamás continuaría en el poder.

No podía discutir con ella. Sobre todo ahora que habíamos pasado la noche juntos. Sobre todo ahora que pensaba en hacer lo mismo de nuevo, tan pronto como estuviésemos alojados en un bonito hotel. Había oído que Le Refuge, en la zona turística de Kenscoff, a unos diez kilómetros de Port-au-Prince, podría ser la clase de lugar que buscaba. Kenscoff está a mil trescientos metros de altura sobre el nivel del mar y el clima allí es bueno todo el año. Que era, más o menos, el tiempo que pensaba quedarme allí. Por supuesto, Haití tenía sus problemas, lo mismo que Cuba, pero no eran mis problemas, así que ¿qué me importaba? Tenía otras cosas de qué preocuparme, como qué iba a hacer cuando expirase mi pasaporte argentino. Y ahora tenía el pequeño problema de llevar el pequeño barco sano y salvo a través del estrecho de Barlovento. Quizá no tendría que haber bebido, pero incluso con las luces de navegación de La Guajaba, había algo en pilotar un barco a través del mar a oscuras que me resultaba inquietante. Y con el miedo de que pudiésemos chocar contra algo -un arrecife, o quizás una ballena-, tenía claro que sería incapaz de relajarme hasta que amaneciese. Y cuando llegase ese momento, confiaba en que estaríamos a mitad de camino de La Española.

Entonces sucedió algo más tangible de lo que preocuparnos. Una embarcación se nos acercaba rápidamente por el norte. Se movía demasiado rápido para ser un pesquero, y el gran reflector que nos alumbró desde la oscuridad era demasiado poderoso como para pertenecer a cualquier otra cosa que no fuese una patrullera de la Marina de los Estados Unidos.



15 из 420