
– Es lo que Eisenhower llama el efecto dominó. Cuando unos tipos tumban a otros les gusta hacer grandes espavientos. -Señalé con el pulgar la puerta de la cabina-. Mira, están ahí fuera. Sólo quieren comprobar que sus hombres no estén escondidos debajo de la cama o algo así. Les dije que podían hacerlo tan pronto como comprobase que estabas decente.
– Eso llevaría mucho más tiempo de lo que parecería razonable. -Se encogió de hombros-. Lo mejor será que les hagas entrar ahora mismo.
Subí a cubierta y los invité a bajar con un gesto.
Cruzaron la puerta de la cabina y se sonrojaron cuando vieron a Melba todavía en la cama. Si no lo hubiese disfrutado antes, quizá no hubiese advertido que el suboficial la volvió a mirar otra vez, sólo que en esta segunda ocasión lo hizo por la razón obvia de que ella salía en una foto en el mamparo de encima de su hamaca. Estos dos se habían visto antes. Estaba seguro, y también lo estaba él, y cuando los americanos volvieron a la cabina del timón, el suboficial se llevó al oficial aparte y le dijo algo en voz baja.
Cuando su conversación se hizo un poco más urgente quizá podría haber intervenido, de no haber sido por el hecho de que el oficial desabrochó la funda de la pistolera, cosa que me animó a ir a popa y sentarme en la silla del pescador. Creo que incluso le sonreí al hombre de la ametralladora, sólo que la silla del pescador se me antojaba demasiado parecida a una silla eléctrica, así que me moví de nuevo y me senté sobre el cajón del hielo, que tenía sitio para una tonelada de hielo. Intentaba mostrarme tranquilo. De haber habido pescado o hielo en el cajón, incluso podría haberme escondido junto a ellos. En cambio tomé otro trago de la botella e hice todo lo posible por mantener controlada la débil cuerda que sujetaba mis nervios. Pero no funcionaba. Los americanos me tenían bien enganchado, y me sentía como si estuviese saltando diez metros en el aire para intentar librarme del anzuelo.
