
– ¿Hay alguien más a bordo?
– Hay una amiga mía en el compartimiento de proa -respondí-. Está durmiendo. Sola. El último marinero americano que vimos por aquí fue Popeye.
El oficial esbozó una sonrisa seca y se balanceó un poco sobre la planta de los pies.
– ¿Le importa si echamos una vistazo?
– No me importa en absoluto. Pero permítame ver si mi amiga está vestida para recibir visitas.
Asintió y yo fui bajo cubierta. En la cabina, que olía a humedad, había un armario, una alacena pequeña y una litera doble, donde estaba Melba, tapada con una manta hasta el cuello. Debajo aún llevaba el bikini y me prometí a mí mismo echar el ancla cuando se marchasen los americanos para ayudarla a quitárselo. No hay nada como el aire marino para abrirle a uno el apetito.
– ¿Qué está pasando? -preguntó temerosa-. ¿Qué quieren?
– Unos marineros yanquis han robado una embarcación en Caimanera -expliqué-. Los están buscando. No creo que haya nada que deba preocuparnos.
Ella puso los ojos en blanco.
– Caimanera. Sí, me imagino lo que estaban haciendo allí, los muy cerdos. Casi todos los hoteles de Caimanera son prostíbulos. Las casas tienen incluso nombres tan patrióticos como el Hotel Roosevelt. Los muy hijos de puta.
Quizá tendría que haberme preguntado cómo lo sabía, pero estaba más preocupado por satisfacer la curiosidad de los americanos que por saber cómo satisfacían sus deseos sexuales.
