
– Tienen los mismos ojos -respondió doña Marina.
– Ah, quiere decir que son azules -dije, a sabiendas de que probablemente no se refería a eso en absoluto.
– No, no es eso. Es sólo que usted y el señor Greene miran a las personas de cierta manera. Como si trataran de mirar dentro de ellas. Como un espiritista. O quizá como un policía. Los dos tienen unos ojos muy penetrantes que parecen mirar a través de las personas. En realidad resulta muy intimidatorio.
Resultaba difícil imaginar a doña Marina intimidada por algo o por alguien. Siempre estaba tan relajada como una iguana en una roca calentada por el sol.
– ¿El señor Greene, eh? -No me extrañó que doña Marina lo llamara por su nombre. Casa Marina no era la clase de lugar donde te sentías obligado a utilizar un nombre falso. Necesitabas una referencia sólo para poder cruzar la puerta principal-. Quizá sea policía. Con unos pies tan grandes, no me sorprendería lo más mínimo.
– Es escritor.
– ¿Qué clase de escritor?
– Novelas. Aventuras del Oeste, creo. Me dijo que escribe con el seudónimo de Buck Dexter.
– Nunca lo había oído mencionar. ¿Vive en Cuba?
– No, vive en Londres. Pero siempre nos visita cuando está en La Habana.
– Un viajero, ¿no?
– Sí. Al parecer, esta vez va camino de Haití. -Ella sonrió-. ¿Ahora no ve el parecido?
– No, en realidad no -respondí con firmeza, y me alegré cuando ella pareció cambiar de tema.
– ¿Qué tal le fue hoy con Ornara?
– Bien -asentí.
– A usted le gusta, ¿no?
– Mucho.
– Es de Santiago -dijo doña Marina, como si esto lo explicase todo-. Todas mis mejores chicas vienen de Santiago. Son las muchachas con más aspecto africano en Cuba. A los hombres parece gustarles.
– Yo sé que a mí sí.
