– Creo que tiene algo que ver con el hecho de que, a diferencia de las mujeres blancas, las mujeres negras tienen la pelvis casi tan grande como la de un hombre. Una pelvis de antropoide. Y antes de que me pregunte cómo lo sé, le diré que he sido enfermera.

No me sorprendió saberlo. Doña Marina ponía mucho cuidado en la salud y la higiene sexual, y el personal de su casa del Malecón incluía a dos enfermeras preparadas para ocuparse de lo que hiciera falta: desde una picadura de medusa a un ataque al corazón. Había oído decir que tienes más posibilidades de sobrevivir a un infarto en Casa Marina que en la facultad de Medicina de la Universidad de La Habana.

– Santiago es un auténtico crisol -continuó ella-. Jamaicanos, haitianos, dominicanos, bahameños… Es la ciudad más caribeña de Cuba. Y es la más rebelde, por supuesto. Todas nuestras revoluciones comienzan en Santiago. Creo que es porque todas las personas que viven allí están emparentadas entre sí, de una manera u otra.

Colocó un cigarrillo en una pequeña boquilla de ámbar y lo encendió con un elegante mechero de plata.

– Por ejemplo, ¿sabía que Ornara está emparentada con el hombre que se encarga de cuidar de su embarcación en Santiago?

Empezaba a ver que había algún propósito detrás de la conversación de doña Marina, porque no era sólo el señor Greene quien iba a Haití; yo también. Sólo que mi viaje se suponía que era un secreto.

– No, no lo sabía. -Miré mi reloj, pero antes de que pudiese disculparme y marcharme, doña Marina me había hecho pasar a su salón privado y me ofrecía una copa. Y pensando que quizá sería mejor escuchar lo que tenía que decirme, en vista de que había mencionado mi embarcación, respondí que tomaría un añejo.

Ella cogió una botella de ron añejo y me sirvió una copa bien grande.

– Al señor Greene también le gusta mucho nuestro ron de La Habana -comentó.

– Creo que lo mejor será que vaya al grano -señalé-. ¿No cree usted?



3 из 420