– ¿Por qué no te has comprado un descapotable? -me preguntó cuando aún estábamos lejos de Santa Clara, que iba a ser nuestra primera parada-. Un descapotable es lo mejor en Cuba.

– No me gustan los descapotables. Las personas te miran más cuando conduces un descapotable. Y a mí no me gusta que me miren.

– Vaya, ¿eres un tipo tímido? ¿O es que te sientes culpable por alguna cosa?

– Ninguna de las dos. Sólo reservado.

– ¿Tienes un pitillo?

– Hay un paquete en la guantera.

Pulsó el botón de la tapa con un dedo y la dejó caer delante de ella.

– Old Gold. No me gustan los Old Gold.

– No te gusta mi coche. No te gustan mis cigarrillos. ¿Qué te gusta?

– No importa.

La miré de reojo. Su boca siempre parecía estar a punto de hacer una mueca, una impresión que se veía reforzada por los fuertes dientes blancos que la llenaban. Por mucho que lo intentase, no podía imaginarme a nadie tocándola sin perder un dedo. Ella suspiró, entrelazó las manos con fuerza y las puso entre las rodillas.

– Entonces, ¿cuál es tu historia, señor Hausner?

– No tengo ninguna.

Ella se encogió de hombros.

– Son más de mil kilómetros hasta Santiago.

– Intenta leer un libro. -Sabía que ella llevaba uno.

– Quizá lo haga. -Abrió el bolso, sacó las gafas y un libro y comenzó a leer.

Al cabo de un rato pude distinguir disimuladamente el título. Estaba leyendo Cómo se templa el acero, de Nikolai Ostrovsky. Intenté no sonreír pero fue inútil.

– ¿Algo te hace gracia?

Señalé el libro en su regazo.

– No me hubiese imaginado eso.

– Es sobre alguien que participó en la revolución rusa.

– Es lo que creía.

– ¿Tú en qué crees?

– En muy pocas cosas.



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