
– Eso no ayuda a nadie.
– Como si importase.
– ¿No importa?
– En mi libro, el partido de pocos es siempre mejor que el partido del amor fraternal. El pueblo y el proletariado no necesitan la ayuda de nadie. Desde luego, no la tuya o la mía.
– No me lo creo.
– Oh, no lo dudo. Pero es curioso, ¿no te parece? Los dos huimos hacia Haití. Tú porque crees en algo y yo porque no creo en nada en absoluto.
– Primero creías en muy pocas cosas. Ahora en nada en absoluto. Marx y Engels tenían razón. La burguesía produce sus propios sepultureros.
Me reí.
– Al menos hemos establecido algo -añadió ella-. Que estás huyendo.
– Sí. Es mi historia. Si te interesa de verdad, es la misma historia de siempre. El holandés volador. El judío errante. Ha habido muchos viajes de por medio, de una manera u otra. Creía que aquí en Cuba estaba seguro.
– Nadie está seguro en Cuba -dijo ella-. Ya no.
– Yo estaba seguro -afirmé, sin hacerle caso-. Hasta que intenté jugar al héroe. Sólo me olvidé de una cosa. No estoy hecho de la misma pasta que los héroes. Nunca lo fui. Además, el mundo no quiere héroes. Están pasados de moda, como los dobladillos del año pasado. Lo que ahora se requiere son luchadores por la libertad e informadores. Bien, soy demasiado viejo para lo primero y demasiado escrupuloso para lo segundo.
– ¿Qué pasó?
– Un pretencioso teniente de la inteligencia militar quería convertirme en su espía, sólo que había algo que no me gustaba.
– Entonces estás haciendo lo correcto -sostuvo Melba-. No hay nada deshonroso en no querer ser una espía de la policía.
– Casi haces que suene como si hiciera algo noble. No es así en absoluto.
– ¿Cómo es?
– No quiero ser una moneda en el bolsillo de nadie. Ya tuve bastante de eso durante la guerra. Prefiero rodar por mi cuenta. Pero eso es sólo una parte de la razón. Espiar es peligroso. Es muy peligroso cuando existe una clara probabilidad de que te pillen. Pero me atrevería a decir que ahora tú ya lo sabes.
