—Espíritu independiente —murmuró—. Me gusta eso. ¡Vienen tantos adulando como si estuvieran dispuestos a agradecer un puntapié! Naturalmente, con su preparación, usted no está todavía desesperanzado. Puede aún obtener trabajo… Creo que la palabra es… contrato aleatorio.

—Me interesó el anuncio —explicó Everard—. He trabajado en el extranjero, como puede usted ver, y volvería allá con gusto. Pero, francamente, no tengo aún la más leve idea de lo que hace su equipo.

—Hacemos muchísimas cosas —aclaró Gordon—. Pero… veamos; ha estado usted en la guerra. Francia, Alemania…

Everard pestañeó; sus papeles contenían la mención de una serie de medallas, mas hubiera jurado que su interlocutor no había tenido tiempo de leerlos. Gordon prosiguió:

—¿Le importaría agarrar los mandos que hay en los brazos de su silla? Gracias. Ahora, ¿cómo reacciona usted ante el peligro físico?

Everard se irguió.

—Óigame, eso —dijo.

—No importa.

Y los ojos de Gordon se fijaron en un instrumento que tenía sobre la mesa, que no era sino una caja con unas agujas indicadoras y un par de cuadrantes. Preguntó luego:

—¿Cuál es su criterio en cuestiones de política internacional?

—Pues, teniendo en cuenta…

—Comunismo… Fascismo… Feminismo… ¿Sus ambiciones personales?… No tiene que responder si no quiere.

—¿Qué diablos es todo esto? — estalló Everard.

—Un amago de prueba psicológica. Olvídelo. No me interesan sus opiniones políticas, salvo en cuanto reflejen su orientación emocional básica.

Y Gordon se echó atrás, entrelazando los dedos. Luego siguió:

—Hasta el momento, son muy prometedoras. Pues bien: el trabajo que estamos haciendo es totalmente confidencial. Estamos… Bueno…, planeando dar una sorpresa a nuestros competidores — y se rió por lo bajo—. Puede, si quiere, denunciarme al F.B.I., que, por lo demás, ya ha investigado sobre esto.



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