Tenemos una patente inmaculada. Descubrirá usted que realizamos verdaderas operaciones universales, financieras y técnicas. Pero hay otro aspecto de la cuestión, que es el que nos hace buscar hombres. Le abonaré cien dólares si va a esa habitación de atrás y se somete a una serie de pruebas. Todo ello durará unas tres horas. Si no las supera, se acabó. Si lo hace, firmaremos con usted, le contaremos los hechos y empezaremos a adiestrarle. ¿Conformes?

Everard vacilaba. Teñía la sensación de ser engañado. En aquella empresa había algo más que una oficina y un extranjero cortés. Se aventuró:

—Firmaré con ustedes después que me cuente los hechos.

—Como quiera —aceptó míster Gordon—. De acuerdo. Las pruebas dirán si le admitimos o no, ya lo sabe. Usamos algunas técnicas muy adelantadas (lo cual, por lo menos, resultó enteramente cierto).

Everard ya sabía algo de psicología moderna: encefalógrafos, pruebas de asociación, perfil de Minnesota…, pero no reconoció ninguna de las enfundadas máquinas que silbaron y parpadearon ante él. Las preguntas que el ayudante técnico le dirigía resultaban completamente anodinas. El ayudante era un hombre de piel blanca, completamente calvo, de edad indefinible, duro acento y rostro inexpresivo. Pero ¿qué significaba el casco de metal que le cubría la cabeza? ¿Para qué servían los alambres que de él arrancaban?

Echó furtivas ojeadas a los cuadrantes métricos, pero las letras y números de ellos no se parecían a nada de lo que había visto. No eran ingleses, franceses, rusos, griegos, chinos ni nada que correspondiese al año de gracia de 1954. Quizá ya empezaba a darse cuenta de la cosa.

Un curioso autoconocimiento se despertó en él durante el desarrollo de las pruebas. Manson Emmert Everard, de treinta años de edad, antes lugarteniente de ingenieros militares del Ejército de los EE. UU., con experiencia de planeamiento y ejecución de obras en América, Suecia, Arabia…, soltero aún, aunque a veces le acometían anhelosos pensamientos acerca del matrimonio; sin novia actualmente ni lazos estrechos de clase alguna, un poco bibliófilo, empedernido jugador de póquer, aficionado a los botes de vela, caballos y rifles; montañero y pescador en sus vacaciones…



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